Desde que me puse las gafas moradas, el universo entero, tal y como yo lo comprendía, ha cambiado radicalmente. Pero en la cuestión del amor, es ya demasiado…

¿Qué nos venden? ¿Qué nos cuentan? ¡Cómo nos engañan… especialmente a las mujeres!.

Es decir, que yo he crecido esperando un príncipe azul, queriendo enamorarme, sentir mariposas en el estómago y violines a cada paso de mi hombre en cuestión, todo esto, con mi melena alborotada (que no encrespada), por el viento del amor y los suspiros que daríamos los dos a cada instante.

En realidad, “queriendo enamorarme” no es la expresión adecuada, necesitando enamorarme, ansiando enamorarme, loca por enamorarme.
Y no me enamoraba… y a mi alrededor… a todas (o casi todas) les llegaba. Y tampoco se enamoraban de mí, claro.

San Valentín en 8º de EGB era un rosario de corazones grabados, anillos con frases trilladas, rosas rojas y rubor y alegría en los rostros prepúberes.

¿Y yo? Por más que veía Titanic, realizaba hechizos mágicos leídos en la Súper Pop o contaba las estrellas cada noche (San Antonio bendito, patrón de las mujeres, hazme soñar esta noche con el chico que me quiere), no lo lograba.

- Ya llegará… en el momento que menos te lo esperes…

Pero… ¿y si no llega? Ese era mi terror. ¿Y si seguía pasándome como hasta entonces?, que recreaba constantemente el refrán que tanto me repetía mi padre “Los amores de Paco me tienen loca, yo me muero por Paco y Paco se muere por otra”.

Eso por no hablar de la idea del flechazo.

Ese flechazo al que sólo tienen derecho los ideales estéticos, más virulentamente sufrido por nosotras, como no.
Vamos, que si no eres rubia, alta, delgada, simpática y vas siempre vestida como un pincel, no tienes derecho a que se enamoren de ti a primera vista.

Mi amiga Vanessa era la víctima propiciatoria para ser la receptora del consabido flechazo, tenía todo lo anterior, inteligencia y radiantes ojos verdes incluídos. ¡Cuántas historias de película vivió ella!.

Claro, también es muy fácil que sientan un flechazo por ti si eres un pibón. El flechazo se torna más complicado cuando eres una adolescente del montón y no destacas por tus medidas (por ninguna de ellas…)y tampoco por tu físico.

Los chicos, ¡si en el fondo nos conformábamos con que fueran normalitos y simpáticos!.. pues esos, tampoco. Hasta el que era más feo que Picio, estaba lleno de granos, gafas, aparato en los dientes y piernas torcidas, pues ese también estaba enamorado de Vanessa.

Resultado, todas, toditas, haciéndonos mechas rubias y una dieta libre de donuts, y todas las tardes el video de aeróbic de Cindy Crawford, con el objetivo de llegar al baile de fin de curso con tres kilos menos. 3 Kilos que harían que el chico por el que yo suspiraba, al fin, pusiera sus ojos en mí, y se acercase a pedirme bailar una canción ñoña de Onda Vaselina.

Pero ni las mechas rubias, ni los 3 kilos menos (que por otro lado, tampoco se conseguían), ni los coqueteos sutiles que nos enseñaba la Súper Pop conseguían que él se fijase en mí… (nunca des el primer paso, ¡a ellos les encanta sentirse dueños de la relación! Además, les asustan las chicas demasiado seguras de sí mismas).

Al final acababas saliendo con un chico ni demasiado guapo, ni demasiado simpático (nada que ver con mis ideales de belleza masculinos, del tipo Tom Cruise o John Stamos), pero era el que se había fijado en nosotras.
Uno más anodino y más simple, y más feo, y nosotras… frustradas…
Algunas se conformaban con un chico así, sólo con escuchar la palabra “mi novio” en sus labios y recibir una notita perfumada en San Valentín, ya eran felices.

Otras, los dejábamos al día siguiente, sintiéndonos fatal por no ser capaces de encontrar a nadie… (egoísta, no le das ni siquiera una oportunidad al pobre chico…)

Algunas, las menos, sí sentían esa historia de amor (no sé si real o creada por sus mentes de algodón de azúcar), tanto, tanto, que acababan quitándose las minifaldas porque las miraban todos (y eso enfadaba a sus novios, ya que eran celosos debido al amor tan intenso que sentían), y dejando a sus amigas, ya se sabe que los novios necesitan que se les dedique absolutamente todo el tiempo.

Y eso, por no hablar de las que miraban con ojitos de cordero degollado a sus amigas del alma, preguntándose (pero sólo para ellas) si eso tan fuerte que sentían, sería resultado de una sincera amistad o si podría ser otra cosa que nadie les había explicado.

Pero ¿qué coño nos están enseñando? ¿a qué jugamos? ¿cómo estamos educando?. Es decir, ¿Solamente si eres guapa tienes derecho a que te quieran?.

Gracias a esos mensajes que nos bombardean constantemente y por todos los medios habidos y por haber, el 99% de las chicas de clase estábamos tremendamente acomplejadas y no habíamos sido las receptoras de ningún amor a primera vista.
Incluso Vanessa pasó su crisis de complejos al verse desbancada por una de las que se desarrolló de las primeras.
Segunda moraleja de la historia, si tienes las tetas grandes también puedes ser receptora de flechazos (aunque como cuchicheaban muchas “un amor de otro estilo, sólo para un rato”).
Otro complejo más para añadir a la saca de complejos: “Yo me pienso operar las tetas cuando cumpla 18 años” (… así tendré derecho a que me quieran).

Es decir, que nuestro físico depende de la mirada masculina. Ni siquiera nos planteamos si a nosotras nos gustan los tacones altos, los escotes pronunciados, las minifaldas, las tetas grandes.
Pero nos observamos en el espejo y nos vemos desde su mirada, desde la que nos muestran los medios, las revistas (masculinas y femeninas).

Ellos las prefieren rubias, pues todas a la peluquería en tropel a achicharrarnos el cabello, aunque el pelo rubio no nos favorezca nada y las raíces negras se noten a la semana. ¿Y yo? Sin ni siquiera tratar de plantearme qué es lo que me gusta a mí.

Pero por fin llega… después de mil rolletes frustrados, miles de presuntos novios fallidos, unos por mi parte, otros por la suya. Montones de mensajes no respondidos, llamadas no realizadas ni recibidas… Ilusiones soñadas antes de irme a dormir.

Pero a veces llega. O no llega. O me lo invento yo, pero ya me ocuparé de decir que ha llegado, que es ÉL.

Que por fin lo he conseguido. Y alardeo ante mis amigas, paseo de su mano mirándole con amor. Esperando que otras me miren, y suponiendo la envidia en sus ojos. Porque mi flechazo (o no flechazo), por fin entró en mi vida.

Y hacemos planes de novios.

Y nos vamos juntos al cine a compartir las palomitas.

Y le escribo poemas mil veces recitados en sueños (a Él, antes de que tuviera rostro).

Y le digo que le quiero a todas horas.

Y no soy capaz de plantearme si estoy enamorada de él o de la misma idea de estar enamorada.

Y pasan los meses, y no me quiere demasiado, no está loco por mí, no me lo dice a todas horas. Y yo no sé si esto es eso que he ansiado toda mi vida, pero me imagino que sí, que es normal, que las cosas no pueden ser como al principio.

Y me pide matrimonio, a la antigua usanza, con anillo incluído, en una cena romántica. Y yo me derrito, ¡por fin lo he conseguido!.
Y no será tan guapo como imaginaba, ni tan inteligente como suponía, ni tan simpático como esperaba, pero es MÍO. Es solamente mío, y me quiere solamente a mí. Me quiere tanto que va a pronunciar unos votos y a estar a mi lado toda mi vida protegiéndome y cuidándome. Y soy la mujer más feliz del mundo.
Y llega el gran día, con vestido blanco, con trescientos invitados, con una tarta nupcial. Y nos hacemos miles de fotos. Y nos damos miles de besos cuando nos jalean los invitados.
Y se me llena la boca cuando digo “mi marido”.
Y tenemos piso nuevo, y matrimonio recién estrenado, y además jovencita, como yo quería.
Y me quedo embarazada pronto, y tengo un bebé precioso, y paseo tras el cochecito con todo el orgullo del mundo, y con unos taconazos imposibles, no sea que me critiquen por dejarme después del embarazo.
Y en seguida, viene el segundo embarazo (hija, ¡¡no te vas a quedar con uno solo!! Que se vuelven unos consentidos…).
Y mi marido cada vez se escaquea más.
Y yo me veo con dos criaturas y con un marido que se aleja. Con un desconocido que casi no sé quién es.
Pero debe ser por los kilos que he cogido por el segundo embarazo, que me está costando mucho quitármelos de encima, y porque, claro, no le hago tanto caso. Y encima no voy tanto a la peluquería, ¡no tengo tiempo con dos niños pequeños!, y los tacones están delegados al olvido…

Hasta que llega el día. Separada antes de llegar a los 30. Se-pa-ra-da / Di-vor-cia-da (¡¡qué palabras más horribles!!) ¿Y mi historia de amor? ¿Y mi príncipe azul?. ¿Por qué todos los cuentos de hadas que me contaban siempre acababan con el “y fueron felices y comieron perdices”?. ¿Y por qué nadie me ha preparado para ésto?.
Y trabajando el triple, y con dos niños que cuidar, y pagando guarderías y sin tiempo para dedicárselo (y me toca esclavizar a mi madre, que ya no está para estos trotes), y pagando pañales, y pagando colegio y corriendo de un lugar a otro para recogerlos, y sintiéndome fatal por los besos que no me da tiempo a darles, y despertándome por las noches, y comprando libros, y cosiendo rodilleras rotas, y con una mísera pensión que me pasa mi exmarido (y por la que tanto me critican, mírala, encima se ha quedado con el piso y quiere que le pase dinero…),y eso, cuando me la pasa.
Y él vuelve a la juventud y sale todos los fines de semana, y cuando le tocan los niños ya se los cuida su madre (es que la abuela lo está deseando...).
Y yo… yo estoy tan cansada que no me queda tiempo para nada.
Y miro hacia detrás.
Y miro hacia adelante y pienso que me han engañado…y pienso que esto es un puto negocio que no tengo muy claro a quién beneficia, pero lo que está claro es que a mí no.



Marta Fernández Martín.
Abril 2012