TE VÍ. María Rosa Fernández González. 1º Grado.
Te vi cuando la ciudad se vestía del incipiente otoño. Aquella tarde andaba perdida en la ciudad, sintiéndome tan extraña como siempre. No sabía que buscaba cuando paseaba como una imbécil con un ramo de rosas entre mis brazos. La Navidad estaba cerca y el ambiente ya daba muestras con sus primeros adornos en los escaparates de las tiendas y esa especie de alegría contagiosa que a mí me deprimía aún más. La abarrotada calle Preciados se me antojaba exageradamente larga. Mis pasos lentos, se me hacían pesados e insoportables, como si el suelo me atrapara al igual que aquellas flores. Algunas mujeres me miraban descaradamente. Supongo que sería la curiosidad de ver qué cara tendría la portadora de aquel ramo, o simplemente tener un motivo para echar en cara a su pareja los detalles que otros tenían a una, que además, con la cara sin apenas maquillaje, no sabía cómo se lo habían regalado. Lo que no podían sospechar era que era un ramo más en la lista de ramos de todos los tamaños y colores que llegaban después de una reconciliación. Y claro, después de tres años así, me afectaba más el hecho de cargar las flores que el de recibirlas, porque además no podía dejarlas en la oficina: mi jefe era alérgico. Y, la última vez que las tiré disimuladamente a un contenedor casi le da un síncope a una mujer que me vio hacerlo. Tuve que volverlas a coger entre la basura y recomponerlas lo mejor que pude, con mil explicaciones a la mujer que no sirvieron para nada porque no dejaba de decirme barbaridades hasta que logré quitármela de lo alto.
En fin, que con el corazón a la misma temperatura que los aleros de los tejados más altos te vi. Estabas en aquel grupo de personas que escuchaban al cantautor que entonaba su melodía sentado bajo la estatua del oso y el madroño. El chico cantaba con triste y suave acento sudamericano las canciones de Fito, aquellas que me recordaban mis años en la Facultad, aquellas que me devolvían a una Teresa con ideales, con utopías, con sueños... Aquella noche, en aquél otoño, en aquél cruce de calles todo estaba lejos, muy lejos y el tren había salido ya hacía tiempo, dejándome en el andén de la desesperanza. Algunas parejas escuchaban embelesadas mientras un beso fugaz o una caricia en las manos entrelazadas se perdían en el frío de la noche. Yo estaba sola con mi ramo de flores y volvía sentir miradas que asentían al verme con aquél regalo. Sin embargo yo me sentía la mujer más ridícula del mundo, con aquél ramo que emanaba aromas de infidelidades y desengaños, y quizás solo una certeza: que tendría que reflexionar sobre el rumbo de mi vida.
Te vi con las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo subido. Te vi y en tus ojos encontré la mirada más triste de aquella ciudad. Entonces, te acercaste y me cogiste la mano. Me quitaste las flores de los brazos y las dejaste en el suelo. Tomándome con delicadeza empezamos a bailar delante de todos aquellos desconocidos que sonrieron al vernos. Me susurraste que me quedara contigo, que querías escucharme, que no eras un príncipe azul ni yo una princesa encantada, que éramos dos tristes desconocidos que se debían una segunda oportunidad y que nadie tenía derecho a asesinar nuestras ilusiones. Te vi reflejado en el cristal del escaparate y me sentí renacer. Te vi...te vi. Te vi a lo lejos cuando me paré a escuchar a un chico que cantaba a Fito y me recordaba viejas quimeras. Te vi triste como yo con mi ramo de flores. Te vi e imaginé que algún día nos volveríamos a encontrar en otro cruce de calles en la ciudad... entonces... yo no llevaría un ramo de flores ni tú la estela del desamor...te vi y supe que nos volveríamos a ver cuando nuestras miradas se cruzaron.
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¿Cómo termina la historia? ¿Volverá a caer la protagonista en la misma historia? ¿Nos educaron a las mujeres para buscar siempre príncipes azules que al final se convierten en ranas? ¿Hasta cuánto estamos dispuestas a aguantar por "amor"? ¿Qué reglas no escritas nos dictan desde pequeñas nuestra postura ante el amor?