MUJER Y DEPORTE

Durante siglos, la cultura occidental se ha asentado, entre otros, en el principio de que las mujeres son diferentes a los hombres, inferiores y dependientes. En la sociedad occidental, las diferenciaciones entre los papeles masculino y femenino han estado asociados con fuertes diferencias en los respectivos temperamentos: la mujer sería de naturaleza pasiva y no agresiva, mientras que la naturaleza masculina se ha definido como agresiva y activa. De este modo, mientras más agresivo y activo sea un hombre más masculino se le considera, mientras que al contrario, cuanto más sumisa y pasiva sea una mujer, más femenina parece.
Se ha desarrollado a lo largo de los siglos estereotipos, prejuicios y falsas concepciones que han limitado la participación de las mujeres en la práctica de los deportes. Tal tradición cultural tuvo sus orígenes en buena medida en la misma sociedad que creó los juegos deportivos, en la antigua Grecia. En los JJOO de la Antigua Grecia, sólo participaban hombres, aunque el ya discutido Licurgo, legislador espartano del siglo IX a.C., recomendaba a las jóvenes el ejercicio físico para tener hijos más sanos y vigorosos. En el capítulo V de la República de Platón, titulado “La igualdad de las mujeres”, Sócrates plantea la cuestión de “si las mujeres deberían guardar el ganado y cazar con los hombres y tomar parte en todo lo que ellos hacen, a ser recluidas en casa como aptas únicamente para tener y alimentar a sus hijos, mientras todo el trabajo duro se dejaría para los hombres”. El hermano de Sócrates, Glauco, agrega “que se espera de las mujeres que participen plenamente: sólo nosotros debemos tratarlas como menos fuertes”. Y ambos coinciden que los hombres y mujeres deberían recibir la misma educación e instrucción. Platón defendía igualmente, que reconociendo la amplía gama de las diferencias individuales y sexuales, “no hay justificación para una distinción categórica en el sistema educativo de niños y niñas”.
Con estos pretéritos antecedentes, no son nuevos los planteamientos que en los años 50 hiciera Simón de Beauvoir, compañera durante muchos años del existencialista Jean Paul Sartre, en su libro “El segundo sexo” defendiendo su feminismo a ultranza, o
por el contrario los de Buytendik en el suyo “Die Frau”, en el que estima “que el típico patrón femenino confiere a la mujer un poder especial para realizar los más altos valores éticos que conoce la humanidad”, patrón, que con distintos matices defiende igualmente Pestolozzi en su libro “Como enseña Gertudris a sus hijos”; Stendhal en varias de sus novelas, o Gurlitt, que haciendo referencia a las injusticias del hombre para con las mujeres que les han dado el ser y al que llamamos débil, decía: “ No queremos que la mujer goce únicamente de los mismos derechos que el hombre, pues esto sería una injusticia para ellas; reivindicamos para el sexo femenino derecho especiales inasequibles a los hombres”.
En los JJOO de la Era Moderna, auspiciados por el Barón Pierre de Coubertein, celebrados en Atenas en 1896, se siguió el criterio de exclusión de las mujeres, y cuando participaron, fue con la oposición y gran disgusto del Barón, que llego a manifestar que “era un espectáculo lastimoso,... y que los deportes en las mujeres están contra la naturaleza”.
Muchos autores consideran que la supremacía del hombre en las vides deportivas son debidas a la regulación de la mujer por el “machismo del hombre” y de ahí las actitudes feministas a ultranza como la de Simón de Beavoir, que escribe: “No se nace mujer, se hace”, o “las mujeres deben aprender karate u otras formas de combate para defenderse de la violencia de los hombres”. Esta actitud es defendida y compartida por muchas feministas periodistas famosas, como Oriana Falacci (“El sexo inútil”); feministas “sui generis”, como Esther Vilar (“Modelo para un nuevo machismo”, “El varón domado”, etc.); novelistas que abordan el problema con caústico horror como Carmen Rico Godoy, en su reciente novela, sobre todo en “Como ser mujer y no morir en el intento”.
Jean Giradoux dice textualmente: “La única actividad humana en que las mujeres aceptan el principio de su inferioridad ante el hombre y de su capacidad para competir con él, es el deporte. Tal vez se debe a que las hazañas deportivas se miden utilizando el metro y el Kilogramo”.
En la Edad Media, la mujer participaba en los mismos trabajos rudos que los hombres e incluso se tienen noticias de la presencia femenina en actividades cinegéticas y en juegos deportivos populares. Pero para el final de la Edad Media acabó imponiéndose el ideal del amor caballeresco, del amor cortés y de la mujer delicada. El corsé, uno de los fenómenos más siniestros de ha historia del vestir, entró en el guardarropa femenino, y con ello un concepto de la mujer incompatible con la actividad física y deportiva.
En deporte se va conformando a lo largo del siglo XIX como una de las actividades de ocio preferentes de los grupos sociales privilegiados en Europa, y desde un principio se define como actividad masculina. Dado como señala Julian Marías (1970): “el hombre podía hacer cualquier cosa que no estuviese prohibida; la mujer en cambio, no podía hacer más que las expresamente autorizadas”.
El hecho de que el deporte moderno se desarrollase durante el siglo XIX en una Inglaterra en la que dominaba el ideal victoriano de lo femenino y lo masculino, contribuyó sin duda a mantener a las mujeres alejadas de la actividad deportiva.
Dado que el ideal victoriano de lo femenino es tan opuesto a la actividad física, se produjo una gran oposición a la práctica de deportes por las mujeres. Por eso, durante las primeras décadas en las que hizo su aparición y se desarrolló el deporte moderno, surgieron muchas objeciones a la actividad deportiva de la mujer. Y aunque se trataba de argumentos sin base científica, dificultaron durante años la incorporación masiva de las mujeres al deporte.
Se pueden distinguir tres mitos fundamentales que surgieron en estos años de aparición y desarrollo del deporte moderno, mitos que han contribuido poderosamente mantener a muchas mujeres alejadas de las actividades deportivas:
1. La actividad deportiva-atlética masculiniza a las mujeres.
2. La práctica deportiva es peligrosa para la salud de las mujeres.
3. Las mujeres no están interesadas en el deporte y cuando lo hacen no lo ejecutan bien como para ser tomadas en serio.
El primero de los mitos señalados es, quizás, el más persistente de los estereotipos sobre el deporte femenino, ya que durante siglos las mujeres que han hecho gala de una buena condición física, han sido estigmatizadas con ser masculinas. En este caso, la masculinidad se refiere a la estructura corporal y a los patrones de conducta, sin hacer otras consideraciones de tipo biológico. Hoy no puede asociarse musculación exclusivamente con lo masculino, ya que se ha extendido la imagen de la mujer musculada como una opción más
En lo que se refiere al segundo mito, se solía decir que la intensa actividad física en las mujeres comporta cambios en el ciclo menstrual, puede dañar los órganos reproductores y los senos, tienen efectos negativos en la fertilidad y capacidad reproductora, e incluso puede desequilibrar su sistema nervioso, por no tener tanta resistencia psicológica como los varones. Hoy en día lo que se defiende es que el deporte es beneficioso tanto para hombres como para mujeres practicado moderadamente, y que comienza a resultar peligroso cuando se sobrepasan ciertos límites.
En cuanto al tercero de los mitos, que las mujeres ni están interesadas seriamente ni son particularmente buenas en el deporte, se ha apoyado en el supuesto falso de una innata falta de predisposición de las mujeres hacia el deporte, en lugar de tener en consideración el proceso de socialización de las mujeres, que favorece su inactividad físico-deportiva y las desanima a que realicen deporte. Este mito se ha ido derribando progresivamente a medida que las mujeres han ido introduciéndose en los diferentes deportes. Destacando y consiguiendo medallas y premios en deportes como: gimnasia rítmica, vela, judo, ciclismo, esquí, tenis, natación, atletismo, hípica, tiro olímpico, gimnasia artística...
El deporte, como conducta corporal y social aprendida, juega un papel central en la construcción y consolidación de la jerarquía existente entre los géneros, porque está estrechamente asociada con lo natural, con lo "obvio".
La identidad masculina y femenina se conforman socialmente aprendiendo pautas de comportamiento desde la más temprana infancia ("jugar con muñecas es de niñas", "los niños son más brutos"...), y en este proceso los aprendizajes motores y de utilización y percepción del propio cuerpo forman parte muy importante ("niña no te muevas tanto"...).
Así pues, no es de extrañar que las mujeres prefieran mayoritariamente actividades físico-deportivas elegantes, graciosas, que estén de acuerdo con el modelo femenino socialmente aceptado y personalmente interiorizado. Según un estudio sobre comportamiento deportivo de las mujeres españolas, realizado por la profesora Benilde Vázquez, las mujeres consideran que son la natación (45%), el tenis (39%) y la gimnasia (38%) los tres deportes más apropiados para ellas, mientras que los que consideran menos apropiados son el fútbol (para el 46%), el boxeo (40%) y el rugby (13%).
En definitiva, el machismo en el deporte constriñes tanto a las mujeres como a los hombres. Cuando son éstos los que practican deportes que no coinciden con los masculinos, como la gimnasia, son vistos como afeminados y poco viriles y son socialmente penalizados. Por lo tanto, el machismo tradicional empobrece la práctica deportiva, impidiendo el desarrollo de todas las potencialidades humanas.
Es evidente que las diferencias biológicas existen, pero esto debe llevarnos a plantear que cada persona debe ser evaluada y considerada individualmente, teniendo en cuenta su sexo, edad y condición física, creando nuevas reglas que no tachen de inferior ni a mujeres un a hombres, sino diferentes.
No se trata de crear nuevos mitos de igualdad absoluta ignorante de las diferencias, pero éstas deben servir para enriquecer a las personas, permitiendo una elección más libre del tipo de actividad físico-deportiva que se desee practicar.
La sociedad actual todavía se sustenta sobre un “soporte de masculinidad ”. Los y las feministas consideran confusa la situación ambivalente de dominio masculino -subordinación femenina en la relación entre ambos sexos en el deporte-. En este sentido se preguntan ¿debe concebirse el deporte femenino, según el modelo deportivo masculino? Anite White, presidenta de la Federación de Mujeres deportistas del Reino Unido, responde textualmente: “No debemos enfrentar comparativamente a la mujer con el modelo masculino del deporte. Por el contrario, debemos tener muy presentes las diferencias entre los sexos que a la vez explican las diferencias entre un mismo deporte practicado por hombres o mujeres”.


Curso 2010/2011