Mujer y Salud
Breve análisis de la situación de la salud de las mujeres.

En la atención a las mujeres en los servicios de salud existen grandes deficiencias. Somos las mayores usuarias de estos servicios y nuestro cuerpo en ocasiones funciona como la máxima expresión del malestar, en concreto como afirma González de Chávez (2000), el cuerpo femenino se "convierte" en sede-amplificador de un malestar y unos conflictos psíquicos que no pueden devenir conscientes ni ser expresados verbalmente, a causa de los modelos de feminidad vigentes, que imponen un tipo de vida y unas características psíquicas enormemente restrictivas, frente a los cuales difícilmente puede una rebelarse, sin experimentar sentimientos de inadecuación personal y culpabilidad. El sistema sanitario acaba así recibiendo la demanda de descifrar un mensaje corporal que sustituye a la palabra silenciada de las mujeres. Tantos síntomas físicos-psíquicos constituyen, pues, una enorme protesta silenciosa femenina.
Los daños que presentan las mujeres en su salud mental constituyen una “denuncia de un estado de cosas, de una forma de vida insatisfactoria, de presiones y mandatos contradictorios, de sobrecarga, de exigencias inhumanas, de falta de valorización, de ausencia de reconocimiento de las propias necesidades, de cansancio, de falta de un espacio personal, de autopostergación” (Calvin Pérez, 2001: 3). Según Amorós (1997), este problema de salud deriva de la creación de una identidad para las mujeres heterodesignada (designada por los hombres), sin considerar sus deseos de otras opciones vitales.
Betty Friedan, en su Mística de la feminidad (1975), apuntaba que el malestar de las mujeres se deriva de tener sus oportunidades vitales restringidas a las condiciones de ama de casa, esposa y madre. Esto es más frecuente en las clases sociales más desfavorecidas. A este malestar lo denominó “la enfermedad que no tiene nombre”, pues las mujeres que entrevistó se quejaban de diferentes dolencias sin saber qué les pasaba.
Lo destacable es que el malestar emocional de las mujeres está medicalizado y se aplican habitualmente estrategias terapéuticas sintomáticas erróneas y ciegas a las causas. Así sucede en el caso del denominado Trastorno por somatización, un diagnóstico psiquiátrico que nos encontramos en muchas ocasiones y que según los datos epidemiológicos, se observa en una proporción mujeres/varones de 10/1.
Según describe la literatura médica, el hecho clínico central del trastorno por somatización es la presencia de molestias somáticas múltiples, variables y recurrentes, no justificadas directamente por hallazgos analíticos o radiológicos, por las cuales la persona demanda atención médica persistente y presenta discapacidad personal.
En muchos textos médicos el trastorno se identifica como sucesor de la Histeria. Se trataría, por lo tanto, de un nuevo nombre para una supuesta enfermedad de la mujer, un síndrome que de nuevo se encuentra en la frontera de la psiquiatría con el resto de la medicina, con quejas y molestias físicas para las cuales el personal médico no tiene respuesta y no encuentra explicación. Representa un reto que dista de estar resuelto, y aparece como otros tantos trastornos típicos de la salud de las mujeres que funcionan como “un cajón de sastre”, en el que se incorporan multitud de dolencias a las cuales no se les encuentra explicación médica. Entre ellos podríamos citar el Síndrome del intestino irritable, el Síndrome de fatiga crónica y la Fibromialgia. Se trata de enfermedades más frecuentes en mujeres, donde casualmente no se ha detectado ningún tipo de causa clara.
Las carencias en el modo de afrontar el tratamiento de este tipo de “trastornos” en el sistema público de salud y su casi absoluta orientación medicalizadora, nos llevan a insistir en una serie de premisas teóricas y prácticas con una perspectiva sociológica y de género.
Las implicaciones del concepto de salud integral y la necesidad de un conocimiento de los factores implicados en el proceso, hacen necesaria una nueva educación para la salud que tenga como objetivo concienciar sobre la necesidad de transformación de los valores culturales, las condiciones socio-político-económicas y las instituciones socio-sanitarias. Y, por supuesto, tomar en el terreno personal e individual una responsabilidad activa en la autogestión del propio cuerpo, la propia vida y, en definitiva, nuestra propia salud.
La ausencia de un espacio de escucha, en el que pueda dársele significado a la queja, es una forma de ejercer violencia institucional. Esa incapacidad de escucha, fundamentalmente de la clase médica y, a veces, también de profesionales de la psicología y el trabajo social, así como la sistemática ignorancia del esfuerzo que requiere el trabajo reproductivo, el estrés que genera conciliar satisfactoriamente vida familiar y laboral, los efectos de la infravaloración social, de las relaciones de poder en la esfera interpersonal y los efectos de la socialización de género en la subjetividad, manifiestan la invisibilidad de “las tareas no productivas” (Martínez Benlloch, 2004).

Por: Valentina Vivas R.

Curso 2010/2011