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MUJERES CON DISCAPACIDAD Y VIOLENCIA DE GÉNERO

"La violencia de género es quizás la más violenta violación de los derechos humanos y quizás la más generalizada. No conoce límites geográficos, culturales o económicos. Mientras continúe, no podemos afirmar que estemos logrando progresos reales hacia la igualdad, el desarrollo y la paz."
Kofi Annan.

Todos los días nos despertamos con alguna noticia sobre la violencia contra las mujeres. Todos los días, algún mal nacido, pretende recordarnos cuál debe ser nuestro papel en la sociedad, todos los días hay miles de mujeres que resisten contra dicha imposición y luchan por alcanzar mayores cotas de libertad.
La violencia es, todavía hoy, una vivencia diaria para un gran número de mujeres que a lo largo de su vida, soportan situaciones más o menos continuadas, más o menos graves de violencia de género y que se manifiesta como el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad. Se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el mero hecho de serlo, por ser consideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión.
Es una realidad virulenta que golpea casi a diario la conciencia social. Afortunadamente, cada día vamos conociendo más sus causas, tenemos más recursos de todo tipo para luchar contra ella y también sabemos cada vez más de las mujeres supervivientes de esa violencia, que han rehecho su vida a pesar de haber pasado por una experiencia tan cruel. Pero sin embargo sigue golpeando.
Uno de estos días, mientras paseaba a mi perro por el parque a las 10 de la noche, pensaba, en la cantidad de veces que las mujeres tenemos que tomar precauciones para no ser un número más entre las mujeres que sufren situaciones de violencia y recordé un grupo de mujeres, que su realidad las pueda hacer fruto de mayores actos de violencia y que además, quedan totalmente impunes porque fundamentalmente, apenas se conocen, apenas se nombran. Estoy hablando de las mujeres con discapacidad.
Decía Virginia Woolf, que la realidad no existe, hasta que no se nombra, y eso es lo que yo me propongo, empezar a dibujar un poco, cual es la realidad de las mujeres con discapacidad y la violencia de género.
Tiene lugar principalmente en el ámbito familiar y doméstico y es perpetrada generalmente por aquellas personas más cercanas en ese entorno. Una suerte de tolerancia y adscripción al ámbito de lo privado del acto violento cuando se ejerce contra la mujer, lo convierte también en invisible o difícilmente detectable por los demás a menos que nos introduzcamos en la esfera privada de las personas. Todas son formas de violencia que muchas mujeres pueden haber llegado a conocer a lo largo de sus vidas, pero desgraciadamente solo son algunos ejemplos de las muchas manifestaciones que puede llegar a adoptar.
También se ha argumentado en diversos foros y por juristas, basándose en la Convención contra la Tortura y Otras formas Inhumanas de Trato Degradante o Castigo que las consecuencias que la violencia provoca en las mujeres, también en las mujeres con discapacidad, que la padecen son una forma de tortura. En el contexto del respeto al ser humano y su integridad, se define a la tortura como (a) causante de daño severo físico o/y mental, (b) se hace con intencionalidad, (c) con propósitos específicos y (d) con alguna forma de implicación oficial, activa o pasiva. Así, la violencia doméstica se convierte en una agresión de la misma entidad que cualquier forma de tortura hasta ahora conocida y condenada. Esta forma de violencia ejercida contra la mujer “encaja” tanto por las intenciones que la provocan –castigo, intimidación, control, anulación de la personalidad,...— como por el resultado final que puede llegar hasta la muerte, con los elementos que definen a la tortura
El pensamiento feminista no tuvo en cuenta las necesidades de las mujeres con discapacidad hasta bien entrados los años noventa. En la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing, en 1995, los Gobiernos se comprometieron a hacer lo necesario para que las recomendaciones que afectaran a las mujeres con discapacidad se hicieran realidad. Sin embargo, estos propósitos aún están lejos de materializarse, y de ahí la necesidad de monográficos como éste, que contribuyen, como su propio título indica, a construir un nuevo discurso sobre la discapacidad, alejado del hegemónico modelo médico que considera a estas personas como incompletas, todavía más en el caso de las mujeres. Y es que todavía hoy en nuestra sociedad, padecer cualquier tipo de discapacidad supone, para la persona, un importante hándicap en el uso y disfrute de los derechos sociales y económicos. Pero además, si bien es cierto que la discapacidad afecta de igual manera a las mujeres y a los hombres, la sociedad penaliza con más dureza si la persona con discapacidad es una mujer.
Discapacidad / diferentes capacidades, esa debería ser la primera reflexión a plantearse. Discapacidad, como sinónimo de incapacidad o de diferencia, diferentes capacidades para hacer, para hacer de otra manera, para hacer con otros ritmos. La discapacidad se sigue percibiendo en nuestra sociedad como un debito, y en consecuencia se castiga la no homogeneidad, la no adaptación a un patrón determinado. Mientras que por un lado se hacen discursos de alabanza a la diversidad (de colores, culturas, estilos de vida…), se sigue perpetuando la no aceptación a todo lo que se sale de la norma, de aquello que es dis-tinto.
Debemos entender la discapacidad, al igual que el género, como una construcción cultural, una construcción social que evoluciona con el tiempo y que resulta de las interacciones entre las personas con discapacidad y las barreras, muchas invisibles, producidas por las actitudes negativas a lo que es distinto produciendo desigualdades.
El género, la construcción social de lo que en este momento de la historia se entiende por “feminidad” y “masculinidad”, establece normas de comportamiento diferentes para mujeres y para hombres, además de un reparto asimétrico de bienes y recurso basado exclusivamente en las diferencias biológicas.
La intersección de ambas categorías, discapacidad y género ha producido una clara vulneración de los derechos de las mujeres con discapacidad frenando sus deseos, moldeando sus anhelos, encorsetándolos sus posibilidades, recluyéndolas a la invisibilidad y por lo tanto a la inexistencia.
Las dificultades a las que tienen que enfrentarse las mujeres con discapacidad no vienen dadas, en la mayoría de los casos, por el grado o tipo de discapacidad que padecen, sino que son el resultado del establecimiento de estereotipos y de roles sociales que determinan, marcan, ya desde el nacimiento, lo que cada persona puede o no puede llegar ha ser. Si eres mujer y con discapacidad el abanico de posibilidades que la sociedad te ofrece es prácticamente inexistente.
En relación al problema de la violencia de género, se ha constatado que la confluencia de factores como el género y la discapacidad convierte a las mujeres con discapacidad en un grupo con grave riesgo de sufrir algún tipo de maltrato; las cifras que actualmente se barajan en Europa refieren que aproximadamente un 40% de las mujeres con discapacidad sufre o ha sufrido alguna forma de violencia.
Actualmente los grupos políticos, los organismos de igualdad y la sociedad en general son cada vez más conscientes de la existencia de violencia contra las mujeres, por lo que se han aumentado los programas dirigidos a informar, asesorar y proteger a las mujeres que han sufrido cualquier tipo de agresión. Sin embargo, duchos programas no han tenido en cuenta las peculiaridades que plantean las mujeres con discapacidad, convirtiéndose en inaccesibles para ellas.
Afortunadamente, la decidida voluntad de las mujeres por incorporarse a todos los ámbitos de la sociedad y en todos los niveles esta dando sus resultados, y las mujeres ya participan del mundo del saber y la cultura, del empleo y la economía de la participación política y social. Y las mujeres con discapacidad también. Las mujeres con discapacidad representan el 46,8 %[1] de las personas con discapacidad con estudios superiores, prueba evidente del esfuerzo de superación constante que las mueve, pero este esfuerzo no siempre obtiene los resultados esperados en el mundo económico y en el empleo.
Las mujeres con discapacidad tienen una tasa de empleo 12,5 puntos inferior a la de los hombres con discapacidad, 21,7 las mujeres, frente a 34,3 de los hombres. La tasa de desempleo es de 19,7 para las mujeres con discapacidad, mientras que los hombres con discapacidad tienen una tasa de desempleo de 12,8, las diferencias también son evidentes.
Pero además, aquellas que consiguen un empleo, han de enfrentarse muchas veces a claras discriminaciones en los trabajos, con diferencias saláriales, segregación horizontal y vertical, puestos no adaptados a sus necesidades.
Estos datos, acceso a todos los niveles educativos y nivel de inserción en el mercado laboral, son una clara manifestación de cómo las mujeres con discapacidad se encuentran alejadas de las oportunidades vitales que definen la una ciudadanía plena en las sociedades actuales.
Las infinitas barrearas a las que las mujeres con discapacidad deben enfrentarse (dificultades de acceso a los recursos, de comunicación y actitudinales, también las físicas y arquitectónicas), para ser ciudadanas de primera en nuestra sociedad, son en realidad un acto de violencia que las lleva al límite de la exclusión social. Talvez lo que más defina la exclusión social sea que no se reconoce a las personas afectadas la capacidad para actuar, decidir, o evaluar por ellas mismas.
Mayor dependencia para la asistencia, percepción de impotencia en la mujer con discapacidad, menor riesgo de ser descubierto (en caso de maltratar), dificultad para ser creída (la víctima), menor educación acerca de la sexualidad, estar socialmente aislada, estar físicamente impedida, estar emocionalmente aislada. Dificultad para informar del abuso debido a discapacidad en la comunicación.
Falta de acceso a la información y al consejo. Las mujeres con discapacidad son vulnerables debido al miedo de que informar sobre el abuso podría conducir a la pérdida de asistencia personal, incapacidad para escapar a una situación debido a la inaccesibilidad arquitectónica, falta de equipamiento de adaptación, estereotipos de vulnerabilidad, dependencia en los perpetradores para actividades de supervivencia.
De acuerdo con uno de los estudios cualitativos realizados, las principales barreras para obtener ayuda incluían: miedo a la venganza del perpetrador, la precaria salud de la mujer con discapacidad, la falta de la movilidad y la falta de transporte. Falta de supervisión acerca del abuso relacionado con la discapacidad y negligencia en los programas de supervisión mismos además de negligencia en los profesionales de la sanidad.
Falta de intervenciones para ayudar a las mujeres con discapacidad a reconocer el abuso, a protegerse en situaciones de abuso y a alejarse ellas mismas de relaciones y situaciones potencialmente abusivas.
Características asociadas con el abuso en mujeres con discapacidad: cinco variables (edad, educación, movilidad, aislamiento social y depresión) pueden ser usadas para identificar con un moderado alto nivel de acierto (84 por ciento) si una mujer con discapacidad puede haber experimentado abuso durante el año anterior.
Y uno de los mayores actos de violencia, la consideración social de que una mujer con discapacidad, es una mujer a medias. La discapacidad, nunca debe ser asumida desde la vulnerabilidad, sino desde la necesidad de crear un nuevo orden, un nuevo modelo social que propicie y vigile por una integración efectiva de todos los miembros de la comunidad favoreciendo su participación activa.

Curso 2010/2011



[1] INE, agosto de 2003, EPA. Módulo de personas con discapacidad y su relación con el empleo.